Entonces comenzó la batalla, era toda la familia en contra mía, cuatro contra uno. Llegaron los típicos comentarios de: “¿Y al dar dinero a un pobre buscas tu propia felicidad?”. A duras penas conseguí convencerles de que tú eres feliz por ver feliz al pobre, y por tanto buscas también tu propia felicidad.
Estuvimos durante toda la cena discutiendo, o más bien estuve toda la cena defendiéndome. Pero finalmente, ninguno supo encontrar algo que fuera en contra de lo que yo defendía: “En todo acto voluntario, cualquier persona busca en última instancia su propia felicidad”.
Eso sí, me fui a dormir con comentarios del tipo: “Ignacio, anda, vete a la cama, que la filosofía te está trastornando un poco la cabeza”.
¿Será verdad?
Nacho I.
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